domingo, 11 de septiembre de 2011

'Ciudadano Kane', setenta a�os de un mito

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“Siempre me atragant� con la cuchara de plata” – Charles Foster Kane

No soy partidario de los consensos. Siempre hay algo de vaguer�a intelectual, de resignaci�n o conformismo en todos ellos. Desde mediados de los a�os cincuenta (no desde su estreno en 1941), la cr�tica norteamericana y, por arrastre, la del resto del mundo, ha considerado a ‘Ciudadano Kane’ (‘Citizen Kane’, Orson Welles) la mejor pel�cula de la historia del cine. Y en las listas de las revistas especializadas, cada vez que se lleva a cabo una votaci�n entre las 10 o 100 mejores, este t�tulo encabeza la lista de manera invariable. Pretender elegir una pel�cula, entre las muchas grandes pel�culas de la historia, ya me parece una osad�a, incluso para los que las han visto todas y han reflexionado a fondo sobre cada una de ellas (�acaso alguien puede?). Pero es que existen numerosos factores que confluyen en la creaci�n de este magno pedazo de celuloide, sobre todo la cristalizaci�n de diversos valores t�cnicos, narrativos y art�sticos, estrictamente cinematogr�ficos, y la importante fecha en que tuvo lugar su realizaci�n, y por todo esto es l�gico que ‘Ciudadano Kane’ sea una de las pel�culas m�s importantes e influyentes en la corta historia de este arte todav�a en desarrollo.

En mi personal experiencia con la filmograf�a de este cineasta inigualable (a quien le queda peque�a la expresi�n ind�mito), tengo t�tulos que me emocionan mucho m�s y que recuerdo con mucha mayor pasi�n, como ‘El cuarto mandamiento’ (‘The Magnificent Ambersons’, 1942), ‘Sed de mal’ (‘Touch of Evil’, 1958) o ‘Campanadas a medianoche’ (‘Chimes at Midnight’, 1962), pero no hay duda de que Kane, deslumbrante, pasmoso debut a los veinticinco a�os de un hombre que ya hab�a triunfado en teatro y en el medio radiof�nico (con su m�tica locuci�n de ‘La guerra de los mundos’) merece todos los elogios por adelantarse varias d�cadas a su tiempo y porque lo hizo, no hablando del poderoso empresario William Randolph Hearst como si de un po�tico biopic se tratase, sino simplemente de George Orson Welles, en una de las m�s apasionantes confesiones f�lmicas (muchos han dicho que todo arte es una forma de confesi�n) que se recuerdan, empezando por el final (la muerte), pasando al principio (las preguntas sin respuesta) y concluyendo por el misterio y el enigma infranqueables, expresados por esa alt�sima verja de metal que encierra (y vuelve inexpugnable) el castillo de los recuerdos llamado Xanadu.

Para entender la fama de Welles a finales de los a�os treinta, y la situaci�n personal que motiv� un contrato impensable por parte de la extinta RKO a un muchacho que todav�a no hab�a filmado nada en su vida, no hay que olvidar que la radio era mucho m�s entonces de lo que es ahora, y que su versi�n oral de ‘La guerra de los mundos’ de Wells caus� una histeria colectiva en Nueva York y Nueva Jersey (para quienes no se hab�an enterado de que era una ficci�n radiof�nica, espl�ndidamente realizada) pensando que se trataba de una invasi�n real. Firm� para dos pel�culas en las que tendr�a el control absoluto, dentro de un presupuesto, y hay quien no se cansa de decir que tanta libertad fue en verdad la tumba de Welles en los grandes estudios, pues al fracaso comercial de su debut le sigui� la mutilaci�n parcial de ‘El cuarto mandamiento’, la rescisi�n de su contrato y una injusta fama de egoman�aco despilfarrador. Pero tampoco hay que olvidar que estuvo a punto de filmar una particular versi�n del genial ‘El coraz�n en las tinieblas’ de Conrad’, proyecto abandonado por sus altos costes y cuya versi�n por parte de Coppola (quien tiene en Welles su gur� particular…tambi�n en Wells…), casi le cuesta la ruina, la salud y la muerte. Orson escribi� un magn�fico gui�n al alim�n con Herman J. Mankiewicz, y se dispuso a hablar de su propio coraz�n entre tinieblas.

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El trineo abandonado en la nieve

Cuentan que cuando lleg� al primer d�a de rodaje, Orson Welles enseguida se puso a colocar los focos de luz y a preparar las c�maras, hasta que le dijeron que para eso ya hab�a un tipo al mando, nada menos que Gregg Toland, y dej� de preocuparse por ello. No s� hasta qu� punto es cierta la historia, pero si lo es ejemplifica hasta qu� punto Welles era un novato en esto de hacer pel�culas. Eso s�, nunca un novato (ni muchos veteranos) ha demostrado una apropiaci�n tal, y una intuici�n semejante, de las formas din�micas del cine, haciendo uso narrativo y l�rico de cada encuadre, cada punto de luz, cada corte de montaje. En Welles, desde esta primera pel�cula, las zonas en sombra (o en negro) de los planos, son tan importantes, o m�s, que las zonas iluminadas. Y los decorados profusamente detallados, con enormes paredes y techos (no fue el primero, pero s� el que les dio mayor importancia en una �poca m�s temprana), y con una profundidad de campo que convert�a las ra�ces dram�ticas del teatro en algo arcaico, molesto, y que dejaba penetrar por sus grietas la vida en toda su complejidad. Vi�ndola de nuevo, no da la impresi�n de que hayan transcurrido setenta a�os desde su aparici�n, sino que faltan todav�a otros setenta para que pueda ser comprendida, y asimilada, en toda su grandeza est�tica, moral e intelectual.

El poder de algunas im�genes, numeros�simas, es incontestable, y no disminuye con el paso de los a�os, sino que gana en intensidad y misterio. La primera escena, con el fallecimiento de Kane, al que no vemos el rostro (no me parece casual, como nada en ella) representa en s� misma el mayor misterio de la pel�cula. Y aunque pronto comprenderemos qu� es Rosebud, y no ser� muy dif�cil acceder al sentimiento de nostalgia que provoca la nieve en el protagonista, nunca conseguiremos acceder, aunque creamos que toda la pel�cula se dedica a ello, cu�l es la personalidad y los sentimientos m�s profundos de Kane, quien seg�n va haci�ndose m�s anciano, y le van sucediendo algunas desgracias personales y financieras, y se amontonan las preguntas y algunas respuestas poco convincentes, se va encerrando m�s y m�s en s� mismo, hasta que se queda completamente solo. Y es que es tan dif�cil saber por qu� Kane era lo que era, como lo es preguntarse lo mismo acerca de Welles. Observar a la enfermera a trav�s del cristal roto de Kane, a los periodistas a los que se ve el rostro porque siempre est�n en sombras, el alucinante encandenado a trav�s de la cristalera en plena tormenta…todo ello forma parte del ritual de ver ‘Ciudadano Kane’ y de acceder a la imaginaci�n visual de un hombre asombroso para el que cualquier medio de expresi�n era susceptible de convertirse en algo m�s grande que la vida.

El desmesurado mundo barroco de Welles es perfecto para hablar sobre tantas cuestiones (desmintiendo que el cine, en apenas dos horas, pueda contar historias complejas o profundas como lo hacen ahora las mejores series de televisi�n) como el poder de la prensa, la b�squeda de la inocencia perdida, la hipocres�a del aparato pol�tico estadounidense, la ambici�n despiadada de los bancos, el empleo del dinero en el cada vez m�s voraz sistema capitalista.. y todo ello sin perder la dimensi�n humana de una historia de amistades traicionadas, amantes fugaces, la lucha de un hombre por cambiar el mundo y siendo derrotado de manera irremisible por �l. Y lo que en un principio parece un falso documental se transforma a continuaci�n en una f�bula moral. Y a continuaci�n en un melodrama avasallador. Y finalmente en cine imposible de catalogar, al que solo se puede asistir, abrumado por no s� qu� hipnosis que impregna cada imagen y la fija en el subconsciente, como un sue�o. Sue�os de poder y de ambici�n, y de regresar a un pasado cada vez m�s lejano y m�s imposible, en el que la felicidad era posible gracias a un trineo de madera. Esculpiendo la verdad a base de mentiras en su peri�dico, la mentira ser� la defensa m�s consistente frente a un mundo gris e implacable.

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La portentosa fotograf�a de Gregg Toland, otro de los genios que de en cuando empujan la t�cnica cinematogr�fica m�s all� de lo imaginable, el audaz empleo de una c�mara que siempre deja evidente la intenci�n de la puesta en escena (en oposici�n al estilo invisible de otros directores), se unen al temperamento de Welles para que en cada escena, casi, haya una soluci�n visual ingenios�sima, que pone patas arriba la concepci�n de la secuencia dram�tica y que encierra ideas o sensaciones de profundo calado emocional o psicol�gico. Pero creo que en la tragedia de un hombre solitario al que nadie comprende y que posee la llave de un mundo m�s bello y m�s justo Welles se super� en ‘Campanadas a Medianoche’, y en su narraci�n del abuso de poder y en la decadencia f�sica y emocional nos estremeci� mucho m�s con ‘Sed de mal’, y en la cr�nica de un mundo hip�crita que aplasta los valores m�s perdurables del ser humano fue mucho m�s l�cido a�n en ‘El cuarto mandamiento’. Sin embargo ya nada puede desbancar a ese t�tem de la cinematograf�a que es Kane, que cumple tantos a�os como vivi� su personaje, y como, ir�nicamente, vivi� el propio Welles, y es que a veces las coincidencias (o no) hacen algunas pel�culas todav�a m�s enigm�ticas y hermosas.



Source: http://www.blogdecine.com/criticas/ciudadano-kane-setenta-anos-de-un-mito

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